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Cuando portarse bien importa más que aprender: una mirada crítica a la educación tradicional

14 oct
5 min de lectura
Aula tradicional con pupitres en fila y un alumno con un cuaderno de dibujos mirando por la ventana

Hay niños que llegan a casa con una nota en la agenda que dice «ha hablado en clase» y ninguna línea sobre lo que han descubierto ese día. Algunos docentes terminan la jornada agotados de pedir silencio, con la sensación de haber enseñado poco. Esta tensión se repite a diario en muchas aulas y se relaciona con los modelos educativos y conducta: con lo que se espera de un estudiante y con lo que se mide para decidir si «va bien».

Muchos docentes trabajan con grupos numerosos, poco tiempo y mucha presión, y el artículo parte de ese reconocimiento. Su propósito es poner palabras a una incomodidad que comparten familias y profesionales, y proponer algunas ideas para pensar el aula de otra manera.

El dilema entre conducta y aprendizaje

Una escuela necesita ciertos acuerdos de convivencia. Nadie aprende bien en medio del caos, y las normas claras dan seguridad. El problema aparece cuando el orden deja de ser un medio para aprender y pasa a ser el objetivo principal.

Entonces el alumno «ideal» es el que se queda quieto, no interrumpe ni cuestiona y entrega lo que se espera, mientras el aprendizaje queda en segundo plano. Un niño puede cumplir todas las normas sin comprender lo que estudia. Otro puede estar muy interesado y recibir correcciones constantes porque se mueve o pregunta demasiado, o porque necesita otro ritmo.

La pregunta de fondo es incómoda pero necesaria: ¿se educa para que el alumno comprenda y crezca, o para que resulte fácil de gestionar?

Modelos educativos y conducta: cómo se llegó a priorizar la conformidad

De forma general, los sistemas escolares masivos se organizaron en torno a la uniformidad: mismos horarios y contenidos, al mismo ritmo, con filas de pupitres orientados hacia la pizarra. Con tantos estudiantes por atender, valorar la obediencia y la puntualidad resultaba práctico. Con el tiempo, ese criterio de orden se confundió con la calidad educativa.

Rasgos habituales de estos modelos

• Sistemas de premios y castigos como principal herramienta para regular el comportamiento.

• Calificaciones que mezclan lo aprendido con la actitud, el silencio o la presentación.

• Poco margen para el movimiento, la pregunta espontánea o las formas distintas de demostrar lo que se sabe.

• Una idea implícita: quien no se adapta tiene un problema que corregir.

Muchos docentes aplican estas prácticas por inercia, porque así se hizo siempre o porque el sistema los empuja a ello, con independencia de su vocación. Conocer el origen de esas prácticas permite cuestionarlas sin hostilidad.

Impacto emocional y cognitivo en el alumno

Cada estudiante responde de forma distinta, y sería injusto afirmar que todos viven lo mismo. Aun así, la observación educativa permite señalar algunas preocupaciones que conviene vigilar cuando la conducta pesa más que el aprendizaje.

Motivación que se apaga

Si se premia portarse bien, un alumno puede aprender que agradar tiene prioridad sobre entender. Quizá pregunte menos y se limite a lo que sabe que será aprobado. La curiosidad necesita espacio para equivocarse.

El costo emocional de «encajar»

Esforzarse todo el día por parecer tranquilo y atento puede resultar agotador. Ese esfuerzo es especialmente relevante en alumnos neurodivergentes, para quienes mantener la conducta esperada puede exigir un gasto enorme que pasa desapercibido. Un niño que «se porta bien» en el colegio y estalla en casa no siempre está tranquilo: a veces se contiene.

Creatividad y pensamiento propio

Cuando el error se vive como una falta y la respuesta distinta como una interrupción, disminuyen las oportunidades de pensar con autonomía. La preocupación es razonable, aunque su alcance varía según la persona y el contexto.

Voces de familias y docentes: la sensación de que algo falla en el aula

Docente conversando con un alumno en un aula flexible con grupos de trabajo y materiales variados

Las siguientes situaciones son ilustrativas. No corresponden a personas concretas, pero resumen preocupaciones que muchas familias y docentes comentan con frecuencia.

• Una madre revisa el boletín de su hija y ve que los comentarios hablan de «conversa mucho» y «debe mejorar su actitud». Ella sabe que su hija lee por placer y hace preguntas profundas en casa, pero nada de eso aparece en el informe.

• Un padre nota que su hijo, antes entusiasta, ahora dice que no quiere ir a la escuela. No hay problemas académicos graves, pero sí una sensación constante de estar «en falta».

• Una docente siente que dedica más energía a controlar al grupo que a enseñar. Sabe que algunas estrategias no funcionan, pero no encuentra tiempo ni respaldo para probar otras.

• Un orientador ve cómo ciertas conductas se castigan sin preguntar qué necesita el estudiante detrás de ellas.

Estas escenas tienen en común una intuición: algo falla. Esa sensación merece ser escuchada, porque suele ser el primer paso para abrir conversaciones más honestas entre familias y docentes.

Modelos educativos y conducta: alternativas que priorizan la comprensión y el crecimiento real

Cuestionar el exceso de énfasis en la conducta es compatible con mantener las normas. Lo que cambia es la pregunta: de «¿cómo hago que se comporte?» a «¿qué necesita este alumno para aprender y participar?». Algunos enfoques que siguen esa dirección son:

• Educación emocional en el aula: dar espacio para reconocer y expresar emociones, y entender que la conducta suele comunicar una necesidad.

• Diseño flexible del aprendizaje: ofrecer varias formas de acceder a los contenidos y de demostrar lo aprendido.

• Normas con sentido: acuerdos explicados y construidos con el grupo, con una razón que todos conozcan.

• Apoyos individualizados: ajustes razonables según las necesidades de cada estudiante, especialmente en el caso de alumnos neurodivergentes.

• Relaciones de confianza: un vínculo seguro con el docente suele facilitar la participación, aunque no existen fórmulas que funcionen igual para todos.

Algunas escuelas avanzan en este camino con ayuda externa, por ejemplo mediante programas de certificación como el Sello Escuela Amiga de la Neurodiversidad, que reconoce prácticas inclusivas y formación continua del profesorado. El cambio también empieza con pequeñas decisiones cotidianas dentro de cada aula.

Errores comunes al enfocarse solo en el comportamiento

• Confundir silencio con aprendizaje. Un aula callada no asegura que se esté comprendiendo.

• Interpretar toda conducta como falta de voluntad. Detrás de una conducta pueden existir cansancio, ansiedad u otras necesidades, como la sobrecarga sensorial. Las observaciones docentes no sustituyen una evaluación profesional.

• Rigidez excesiva. Aplicar la misma norma de la misma forma a todos puede dejar fuera a quienes necesitan otros apoyos.

• Falta de empatía. Corregir sin preguntar ni escuchar suele alejar al alumno.

• Usar la conducta como único criterio de evaluación. Mezclar actitud y aprendizaje impide saber qué ha comprendido realmente el estudiante.

• Culpar a la familia o al docente. La responsabilidad es compartida y el diálogo funciona mejor que la acusación.

Hacia una educación que valora el aprendizaje por encima del «portarse bien»

Un niño no debería sentir que su valor depende de lo quieto o callado que esté. Las familias y los docentes comparten el deseo de que los estudiantes aprendan, se sientan seguros y conserven las ganas de descubrir. Cuando la conducta se convierte en el centro de todo, ese deseo queda relegado.

Replantear las expectativas es un proceso gradual. Puede empezar con preguntas sencillas: ¿qué se está premiando?, ¿qué comunica este comportamiento?, ¿cómo se sabe que este alumno está aprendiendo? Las familias pueden acercarse a la escuela con curiosidad, y los docentes pueden compartir sus dificultades sin sentirse juzgados.

Una educación más humana mantiene la convivencia y la exigencia y las orienta a un fin mayor: que cada estudiante pueda aprender y equivocarse sin dejar de ser quien es dentro del aula.

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Hasta pronto,

Faby Correa

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